Felitorr935's Blog

Analisis de Geopolitica Global

COMO DESMANTELAR A LA IZQUIERDA CULTURAL

CÓMO DESMANTELAR A LA IZQUIERDA CULTURAL por Gabriel Rockhill

Se suele asumir que los intelectuales tienen poco o ningún poder político. Subidos en su privilegiada torre de marfil, desconectados del mundo real, enredados en debates académicos sin sentido sobre minucias, o flotando en las nubes abstrusas de la teoría de altos vuelos, se suele retratar a los intelectuales como separados de la realidad política e incapaces de tener cualquier impacto significativo sobre ella. Pero la Agencia Central de Inteligencia (CIA) piensa de otra forma.

De hecho, el organismo responsable de planificar golpes de Estado, cometer asesinatos y manipular clandestinamente a gobiernos extranjeros no solo cree en el poder de la teoría, sino que asignó importantes recursos para mantener un grupo de agentes secretos dedicados a estudiar a fondo lo que algunos consideran la teoría más recóndita e intricada jamás producida. Un documento de investigación escrito en 1985 y que recientemente ha sido desclasificado y publicado con ligeras adaptaciones, haciendo uso de la Ley de Libertad de Expresión, revela que la CIA dispuso de agentes dedicados a estudiar las complejas e influyentes teorías asociadas a los autores franceses Michel Foucault, Jacques Lacan y Roland Barthes.

La imagen de unos espías estadounidenses reuniéndose con asiduidad en cafés parisinos para estudiar y comparar notas sobre los popes de la intelectualidad francesa puede chocar a quienes asumen que este grupo de intelectuales eran lumbreras cuya sobrenatural sofisticación no podría caer en una trampa tan vulgar, o que, por el contrario, no eran sino charlatanes de retórica incomprensible con poco o ningún impacto en el mundo real. Sin embargo, no sorprenderá a quienes están familiarizados con la prolongada y continua utilización de recursos de la CIA en la guerra cultural global, incluyendo el respaldo a sus formas más vanguardistas, lo que ha quedado bien documentado gracias a investigadores como Frances Stonor Saunders, Giles Scott-Smith y Hugh Wilford (yo he realizado mi propia contribución con el libro Radical History & the Politics os Art).

Thomas W. Braden, antiguo supervisor de las actividades culturales de la CIA, explicaba el poder de la guerra cultural de la agencia en un relato sincero y bien informado publicado en 1967: “Recuerdo el inmenso placer que sentí cuando la Orquesta Sinfónica de Boston [que contaba con el respaldo de la CIA] ganó más elogios para EE.UU. en París de los que pudieran haber ganado John Foster Dulles o Dwight D. Eisenhower con cien discursos”. No se trataba, de ninguna manera, de una operación liminal o sin importancia. De hecho, como sostenía acertadamente Wilford, el Congreso para la Libertad Cultural con sede en París, que posteriormente resultó ser una organización tapadera de la CIA en tiempos de la Guerra Fría, fue uno de los principales patrocinadores de la historia mundial y prestó apoyo a una increíble gama de actividades artísticas e intelectuales. Contaba con oficinas en 35 países, publicó docenas de prestigiosas revistas, participaba en la industria editorial, organizó conferencias y exposiciones artísticas de alto nivel, coordinaba actuaciones y conciertos y proporcionó generosa financiación a diversos premios y becas culturales, así como a organizaciones encubiertas como la Fundación Farfield.

La agencia de inteligencia consideraba que la cultura y la creación teórica eran armas cruciales del arsenal global dirigido a perpetuar los intereses estadounidenses en todo el mundo. El documento de investigación de 1985 recién publicado, titulado “Francia: la deserción de los intelectuales de izquierda”, examina –indudablemente con el fin de manipularla– a la intelectualidad francesa y el papel fundamental que desempeñaba en la configuración de las tendencias que generan la línea política. El informe, a la vez que sugería que en la historia de la intelectualidad francesa existía un equilibrio ideológico relativo entre la izquierda y la derecha, destaca el monopolio de la izquierda en la era inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial –al que, como sabemos, se oponía de modo furibundo la CIA– a causa del papel fundamental que jugaron los comunistas en la resistencia al fascismo y que, en último término, permitió ganar la guerra. Aunque la derecha estaba enormemente desacreditada a causa de su contribución directa a los campos de exterminio nazis, así como su agenda xenófoba, anti-igualitaria y fascista (según las propias palabras de la CIA), los agentes secretos anónimos que escribieron el borrador del informe resumen con palpable regocijo el retorno de la derecha a partir de los inicios de la década de los setenta.

Más concretamente, los guerreros culturales clandestinos aplauden lo que consideran un movimiento doble que contribuyó a que los intelectuales apartaran a Estados Unidos del centro de sus críticas y las dirigieran a la Unión Soviética. Por parte de la izquierda se produjo una desafección gradual hacia el estalinismo y el marxismo, una progresiva retirada de los intelectuales radicales del debate público y un alejamiento teórico del socialismo y del partido socialista. Más hacia la derecha, los oportunistas ideológicos a los que se denominaba Nuevos Filósofos y los intelectuales de la Nueva Derecha lanzaron una campaña mediática descarada de difamación contra el marxismo.

Mientras otros tentáculos de la organización de espionaje de alcance mundial se dedicaban a derribar gobiernos elegidos democráticamente, a proporcionar servicios de inteligencia y financiación a dictadores fascistas y a apoyar escuadrones de la muerte de extrema derecha, el escuadrón parisino de la CIA recogía información sobre el giro hacia la derecha que estaba teniendo lugar en el mundo y que beneficiaba directamente a la política exterior de EE.UU. Los intelectuales simpatizantes de la izquierda de la posguerra fueron abiertamente críticos con el imperialismo estadounidense. La influencia en los medios de comunicación que ejercía la crítica marxista sin pelos en la lengua de Jean Paul Sartre y su notable papel –como fundador de Libération– a la hora de revelar la identidad del responsable de la CIA en París y de docenas de agentes encubiertos fue seguida de cerca por la Agencia y considerada un grave problema.

Por el contrario, el ambiente antisoviético y antimarxista de la emergente era neoliberal sirvió para desviar el escrutinio público y proporcionó una excelente excusa para las guerras sucias de la CIA, al “dificultar en extremo cualquier oposición significativa de las élites intelectuales a las políticas estadounidenses en América Central, por ejemplo”. Greg Grandin, uno de los más destacados historiadores de Latinoamérica, resumió perfectamente esta situación en su libro The Last Colonial Massacre (La última masacre colonial):

“Aparte de realizar intervenciones notoriamente desastrosas y letales en Guatemala en 1954, República Dominicana en 1965, Chile en 1973 y El Salvador y Nicaragua en los ochenta, Estados Unidos ha prestado apoyo financiero, material y moral silencioso y continuo a estados terroristas asesinos y contrainsurgentes […] Pero la enormidad de los crímenes de Stalin aseguraba que dichas historias sórdidas, por muy convincentes, rigurosas o condenatorias que fueran, no interfirieran en la fundación de una visión del mundo comprometida con el papel ejemplar de Estados Unidos en la defensa de lo que ahora conocemos como democracia”.

Este es el contexto en el que los mandarines enmascarados elogian y apoyan la incesante crítica que una nueva generación de pensadores antimarxistas como Bernard-Henri Levy, André Glucksmann y Jean-François Revel desencadena contra “la última camarilla de eruditos comunistas” (compuesta, según los agentes anónimos, por Sartre, Barthes, Lacan y Louis Althuser). Dada la inclinación izquierdista de aquellos antimarxistas en su juventud, constituyen el modelo perfecto para construir las narrativas falaces que fusionan una pretendida evolución política personal con el avance continuo del tiempo, como si la vida individual y la historia fueran simplemente una cuestión de “evolución” y de reconocer que la transformación social igualitaria es algo del el pasado, personal e histórico. Este derrotismo condescendiente y omnisciente no solo sirve para desacreditar nuevos movimientos, particularmente aquellos liderados por los jóvenes, sino que también caracteriza de forma errónea los éxitos relativos de la represión contrarrevolucionaria como progreso natural de historia.

Incluso teóricos no tan opuestos al marxismo como estos intelectuales reaccionarios contribuyeron de modo significativo a la atmósfera de desencanto hacia el igualitarismo transformador, al alejamiento de la movilización social y al “cuestionamiento crítico” desprovisto de puntos de vista radicales. Esto es crucial para comprender la estrategia general de la CIA en sus amplias y poderosas iniciativas para desmantelar a la izquierda cultural en Europa y otros lugares. Reconociendo la dificultad de abolirla por completo, la organización de espionaje más poderosa del mundo ha pretendido apartar la cultura de izquierdas de las políticas decididamente anticapitalistas y transformadoras y redirigirla hacia posiciones reformistas de centro-izquierda, menos abiertamente críticas con la política interna y la política exterior de Estados Unidos. En realidad, tal y como ha demostrado minuciosamente Saunders, la Agencia continuó las políticas del Congreso liderado por McCarthy en la posguerra con el fin de apoyar y promover de manera directa aquellos proyectos que desviaban a productores y consumidores de la izquierda decididamente igualitaria. Amputando y desacreditando a esta última, aspiraba también a fragmentar a la izquierda en general, dejando lo que quedaba del centro-izquierda con un mínimo poder y apoyo público (y a la vez potencialmente desacreditada a causa de su complicidad con la política del poder de las derechas, un tema que continúa extendiéndose como una plaga por los partidos institucionalizados de la izquierda).

Es en este contexto donde debemos situar la afición de la agencia de inteligencia por las narrativas de conversión y su profundo aprecio por los “marxistas reformados”, un leitmotiv transversal al informe de investigación sobre los teóricos franceses. “A la hora de socavar el marxismo –escriben los agentes infiltrados– son aún más eficaces aquellos intelectuales convencidos, dispuestos a aplicar la teoría marxista en las ciencias sociales, pero que acaban por rechazar toda la tradición marxista”. Citan en particular la enorme contribución realizada por la Escuela de los Annales, de historiografía y estructuralismo –especialmente Claude Lévi-Strauss y Foucault– a la “demolición crítica de la influencia marxista en las ciencias sociales”. Foucault, a quien se refieren como “el pensador francés más profundo e influyente”, es especialmente aplaudido por su elogio de los intelectuales de la Nueva Derecha, cuando recuerda a los filósofos que “la teoría social racionalista de la Ilustración y la era Revolucionaria del siglo XVIII ha tenido consecuencias sangrientas”. Aunque sería un error echar por tierra las políticas o los efectos políticos de cualquiera basándose en una sola posición o resultado, el izquierdismo antirrevolucionario de Foucault y su perpetuación del chantaje del Gulag –es decir, la afirmación de que los movimientos expansivos radicales que pretenden una profunda transformación social y cultural solo resucitan la más peligrosa de las tradiciones– están perfectamente en línea con las estrategias generales de guerra psicológica de la agencia de espionaje.

La interpretación que realiza la CIA de la obra teórica francesa debería servirnos para reconsiderar la apariencia chic que ha acompañado gran parte de su recepción por el mundo anglófono. Según una concepción estatista de la historia progresiva (que por lo general permanece ciega a su teleología implícita), la obra de figuras como Foucault, Derrida y otros teóricos franceses de vanguardia suele asociarse intuitivamente a una crítica profunda y sofisticada que presumiblemente va más allá de cualquier relación con el socialismo, el marxismo o las tradiciones anarquistas. No cabe duda y es preciso resaltar que el modo en que el mundo anglófono acogió la obra de los teóricos franceses, como acertadamente ha señalado John McCumber, tuvo importantes implicaciones políticas como polo de resistencia a la falsa neutralidad política, las tecnicidades cautelosas de la lógica y el lenguaje, o al conformismo ideológico puro activo en las tradiciones de la filosofía anglo-americana apoyada por [el senador] McCarthy. No obstante, las prácticas teóricas de aquellas figuras que dieron la espalda a lo que Cornelius Castoriadis denominó la tradición de la crítica radical –la resistencia anticapitalista y antiimperialista– ciertamente contribuyeron al alejamiento ideológico de la política transformadora. Según la propia agencia de espionaje, los teóricos posmarxistas franceses contribuyeron directamente al programa cultural de la CIA destinado a persuadir a la izquierda de inclinarse hacia la derecha, al tiempo que desacreditaban el antiimperialismo y el anticapitalismo, creando así un entorno intelectual en el cual sus proyectos imperialistas pudieran medrar sin ser estorbados por un escrutinio crítico serio por parte de la intelectualidad.

Como sabemos gracias a las investigaciones realizadas sobre los programas de guerra psicológica de la CIA, la organización no solo ha vigilado e intentado coaccionar a los individuos, sino que siempre ha intentado comprender y transformar las instituciones de producción y distribución cultural. De hecho, su estudio sobre los teóricos franceses señala el papel estructural que desempeñan las universidades, las editoriales y los medios de comunicación en la formación y consolidación de un ethos político colectivo. En las descripciones que, como el resto del documento, deberían invitarnos a pensar críticamente sobre la actual situación académica del mundo anglófono y otros lugares, los autores del informe destacan cómo la precarización del trabajo académico contribuye al aniquilamiento del izquierdismo radical. Si los izquierdistas convencidos no podemos asegurarnos los medios materiales para desarrollar nuestro trabajo, o si se nos obliga más o menos sutilmente a ser conformistas para conseguir empleo, publicar nuestros escritos o tener un público, las condiciones estructurales que permitan la existencia de una comunidad izquierdista resuelta se ven debilitadas. Otra de las herramientas utilizadas para conseguir este fin es la profesionalización de la educación superior, que pretende transformar a las personas en eslabones tecnocientíficos integrados en el aparato capitalista, más que en ciudadanos autónomos con herramientas solventes para la crítica social. Los mandarines teóricos de la CIA alaban, por tanto, las iniciativas del gobierno francés por “presionar a los estudiantes para que se decidan por estudios técnicos y empresariales”. También señalan las contribuciones realizadas por las grandes casas editoriales como Grasset, los medios de comunicación de masas y la moda de la cultura americana para lograr una plataforma postsocialista y antigualitaria.

¿Qué lecciones podemos extraer de este informe, especialmente en el contexto político en que nos encontramos, con su ataque continuo a la intelectualidad crítica?

En primer lugar, el informe debería servirnos para recordar convincentemente que si alguien supone que los intelectuales no tienen ningún poder y que nuestras orientaciones políticas carecen de importancia, la organización que se ha convertido en uno de los agentes más poderosos del mundo contemporáneo no lo ve así. La Agencia Central de Inteligencia, como su nombre irónicamente sugiere, cree en el poder de la inteligencia y de la teoría, algo que deberíamos tomarnos muy seriamente. Al presuponer erróneamente que el trabajo intelectual sirve de poco o de nada en el “mundo real”, no solo malinterpretamos las implicaciones prácticas del trabajo teórico, sino que corremos el riesgo de hacer la vista gorda ante proyectos políticos de los que fácilmente podemos convertirnos en embajadores culturales involuntarios. Aunque es verdad que el Estado-nación y el aparato cultural francés proporcionan a los intelectuales una plataforma pública mucho más significativa que muchos otros países, la obsesión de la CIA por cartografiar y manipular la producción teórica y cultural en otros lugares debería servirnos a todos como llamada de atención.

En segundo lugar, en la actualidad los agentes del poder están particularmente interesados en cultivar una intelectualidad cuya visión crítica esté atenuada o destruida por las instituciones que los patrocinan basadas en intereses empresariales y tecnocientíficos, que equipare las políticas de izquierda-derecha con lo “anticientífico”, que relacione la ciencia con una pretendida –pero falsa– neutralidad política, que promueva los medios de comunicación que saturan las ondas hertzianas con cháchara conformista, aísle a los izquierdistas convencidos de las principales instituciones académicas y de los focos mediáticos y desacredite cualquier llamamiento al igualitarismo radical y a la transformación ecológica. Idealmente, intentan nutrir una cultura intelectual que, si es de izquierdas, esté neutralizada, inmovilizada, apática y se muestre satisfecha con apretones de manos derrotistas o con la crítica pasiva a la izquierda radical movilizada. Esa es una de las razones por las que podemos considerar a la oposición intelectual al izquierdismo radical, que predomina en el mundo académico estadounidense, una postura política peligrosa: ¿acaso no es cómplice directa de la agenda imperialista de la CIA en todo el mundo?

En tercer lugar, para contrarrestar este ataque institucional a la cultura del izquierdismo resolutivo, resulta imperativo resistir la precarización y profesionalización de la educación. Similar importancia tiene la creación de esferas públicas que posibiliten un debate realmente crítico y proporcionen una amplia plataforma para aquellos que reconocen que otro mundo no solo es posible, sino necesario. También necesitamos unirnos para contribuir a la creación o el mayor desarrollo de medios de comunicación alternativos, diferentes modelos de educación, instituciones alternativas y colectivos radicales. Es vital promover precisamente aquello que los combatientes culturales encubiertos pretenden destruir: una cultura de izquierdismo radical con un marco institucional de apoyo, un amplio respaldo público, una influencia mediática prevalente y un amplio poder de movilización.

Por último, los intelectuales del mundo deberíamos unirnos para reconocer y aprovechar nuestro poder con el fin de hacer todo lo posible para desarrollar una crítica sistémica y radical que sea tan igualitaria y ecológica como anticapitalista y antiimperialista.

Las posturas que uno defiende en el aula o públicamente son importantes para establecer los términos del debate y marcar el campo de posibilidades políticas. En oposición directa a la estrategia cultural de fragmentación y polarización de la agencia de espionaje, mediante la cual ha pretendido amputar y aislar a la izquierda antiimperialista y anticapitalista, deberíamos, a la vez que nos oponemos a las posiciones reformistas, federarnos y movilizarnos, reconociendo la importancia de trabajar juntos –toda la izquierda, como Keeanga-Yamahtta nos ha recordado recientemente– para cultivar una intelectualidad verdaderamente crítica.

En lugar de pregonar o lamentar la impotencia de los intelectuales, deberíamos utilizar la aptitud para decir la verdad a los poderosos, trabajando juntos y movilizando nuestra capacidad de crear colectivamente las instituciones necesarias para un mundo de izquierdismo cultural. Porque solo en un mundo así, y en las cámaras de resonancia de inteligencia crítica que provoque, será posible que las verdades expresadas sean realmente escuchadas y se produzca el cambio de las estructuras de poder.

(Tomado del Blog Cultura y Resistencia)

Gabriel Rockhill es un filósofo y crítico cultural francés.

agosto 11, 2017 Posted by | Sin categoría | Deja un comentario

Bajo tierra, yace un El Dorado negro.

ANDY ROBINSON

06/08/2017 00:39 | Actualizado a 06/08/2017 07:58

Bajo tierra, yace un El Dorado negro; casi 300.000 millones de barriles de petróleo, las reservas de crudo más grandes del mundo. Pero, en la superficie, un viaje a través de la faja petrolífera del Río Orinoco de Venezuela, desde Barcelona, en el norte, hasta Ciudad Guyana, en la orilla del enorme río, cruza un paisaje de desabastecimiento crónico, trapicheo oportunista y preocupación por el futuro.

En el complejo petroquímico de José , en las afueras de la ciudad de Barcelona, solo se ve una llama parpadeando al atardecer ante las siluetas de chimeneas metálicas y las viejas mejoradoras necesarias para refinar el pesado crudo de la región. Quedaron en agua de borrajas los planes de inversión en plantas que –con capital, chino, coreano, ruso y europeo– habrían abierto la puerta a una nueva fase del petro-socialismo chavista. El colapso del precio del petróleo en el 2012 paró en seco la entrada de divisas y provocó una recesión catastrófica que ha destruido el 30% del PIB.

Un embargo petrolero en Estados Unidos convertiría la crisis en una catástrofe humanitaria

La producción petrolera se ha desplomado de 3,3 millones de barriles diarios a dos millones en los últimos diez años. Junto con la caída del precio, esto ha diezmado los ingresos de divisas por exportaciones, la mitad destinada a EE.UU. Han caído un 70% en cinco años.

Sin divisas no se pueden financiar las inversiones necesarias para modernizar la infraestructura petrolífera y, concretamente, construir seis nuevas mejoradoras en José y el colindante Puerto la Cruz. Ni mantener tan siquiera las existentes. “Me dijeron unos directivos de una ingeniera asiática que se retiraron del proyecto porque PDVSA no les pagaba” dijo Son, un empresario coreano afincado cerca de Barcelona que compraba pescado y marisco vivo para exportarlo a Asia.

Para no suspender pagos sobre la enorme deuda de la petrolera estatal PDVSA, el gobierno se ha visto forzado a reducir drásticamente las importaciones de materias primas, la raíz de la crisis de desabastecimiento que azota al país. Ha intentado vender activos petroleros también. Pero, en una de esas contradicciones inverosímiles tan frecuentes en Venezuela, la oposición liberal con mayoría en el parlamento –cuyos asesores económicos defienden secretamente la privatización del PDVSA– bloqueó la venta de varios activos a la petrolera rusa Rosneft. Eso fue uno de los motivos de la suspensión provisional de la asamblea en abril que desató la última ola de protestas.

Desde las elecciones del domingo pasado a una nueva asamblea constituyente –que la oposición califica como un golpe de Estado– se habla mucho de posibles sanciones, concretamente restricciones sobre las importaciones de petróleo venezolano en Estados Unidos. Si esto ocurre, “una crisis humanitaria se convertirá en una catástrofe” , dijo el economista venezolano Francisco Rodríguez de Torino Capital. Los principales clientes de Venezuela en EE.UU. desaconsejan las sanciones también. Otra caída de las exportaciones de petróleo venezolana, a fin de cuentas, provocaría con toda seguridad una suspensión pagos sobre miles de millones de dólares de deuda de PDVSA con consecuencias desastrosas para diversos fondos en Wall Street que han rentabilizado los disparados tipos de interés que Venezuela debe pagar por endeudarse. La administración Trump ya ha amenazado con sancionar a bancos como Goldman Sachs contratados por PDVSA para colocar deuda y han puesto en una lista negra al directivo de PDVSA, Simón Zerpa, el interlocutor de los fondos.

EE.UU. importó 270 millones de barriles de crudo de Venezuela en el 2016

Aunque esté dispuesto a agravar la crisis de desabastecimiento en Venezuela, está por ver si Trump quiere incordiar más a Wall Street o a multinacionales petroleras como Chevron, Valero Energy y Phillips 66 que perforan en la faja del Orinoco. Es más, privarse del petróleo del tercer país suministrador de EE.UU. provocaría subidas del precio en las gasolineras estadounidenses.

Al igual que en Caracas y Washington, todo es esperpento en la faja del Orinoco. Joel, el gerente de una gasolinera en Ciudad Guayana ya compagina la venta de gasolina con la compra ilícita de divisas. Ofrece 4.000 bolívares por dólar, casi el doble de lo que se pagaba solo dos semanas antes. Pero lo más extraño es lo que dice de su gasolinera. “La gasolina es casi gratuita en Venezuela; a mí me paga el gobierno por venderla”, dice. Según un cálculo hecho aquel día, un litro de gasolina valía 0,02 euros.

Hasta los expertos petroleros chavistas como David Paravisini de la Universidad bolivariana de Caracas han recomendado un precio más alto a medio plazo. Pero, en estos momentos, nadie defendería quitar la subvención petrolera por su inevitable impacto sobre los precios ya disparados de los alimentos. Los precios regulados permiten comprar muy poco debido a la escasez de bienes esenciales importados, arroz, pasta, pan, detergente, medicamentos.

Chávez y Maduro en una refinería en Punto Fijo (PRESIDENCIA / AFP)

Hay colas en todas partes en las ciudades de la orilla del Orinoco. En las panaderías. En los supermercados . En la carretera hacia la frontera con Brasil, hasta hay colas en las gasolineras. ¿Por qué si la gasolina es lo único que abunda en esta quebrada petroeconomía? “Mucha gente aquí vive del contrabando de gasolina; ganas más vendiendo un depósito lleno de gasolina por reales brasileños que una semana de trabajo si te pagan en bolívares”, dice Nelson, socio de una empresa que organiza viajes de cirugía estética a Ciudad Guyana para mujeres brasileñas.

Todos se quejan de que la expropiación estatal de las plantas de aluminio, las minas, y los fabricantes de alimentos, y su gestión por militares, ha hundido la producción. Pero, en otra paradoja muy venezolana, la nueva amenaza de expropiación viene de Estados Unidos. Si Venezuela suspende pagos, seguramente se embargarán los activos de PDVSA en EE.UU., concretamente la red de gasolineras Citgo que Maduro acaba de vender a Rosneft. Ante el peligro de perder sus gasolineras, la petrolera rusa ha negociado cambiarlas por unos campos en la faja del Orinoco. Así es la maldición de Venezuela: bajo la amenaza de un embargo en Washington, se ve forzado a vender sus reservas a Moscú.

Chávez no redujo la dependencia del crudo e infravaloró el impacto de la caída del precio

Pese a ser consciente del peligro de la dependencia del petróleo para el 95% de los ingresos de divisas, Hugo Chávez jamás logró diversificar la economía. El chavismo fue la víctima de su propio éxito tras lograr subir el precio del crudo mediante una hábil diplomacia petrolera en la OPEP en el 2000-2001. Forzó a las multinacionales a pagar más al estado venezolano en forma de royalties y garantizó que PDVSA tuviera el 60% del capital en la explotación de la faja del Orinoco. Funcionó de maravilla durante un decenio. Exxon –que había construido la primera mejoradora en la faja– se marchó bajo órdenes de su consejero delegado Rex Tillerson, ahora secretario de estado de Trump. Pero el resto –Chevron, Total, BP– se quedaron y las europeas, chinas y rusas pronto se sumaron.

Fueron años de bonanza. Pero Chávez no preparó la economía para el fin del boom. “Hay que reducir la dependencia de las materias primas si es posible y, en cualquier caso, en tiempos de bonanza hay que crear fondos de contingencia para amortiguar el ciclo bajista”, dijo Carlos Végh del Banco Mundial. Venezuela no lo hizo.

La web Dolar Today fija el cambio del mercado negro y agrava la inflación

Quizás un buen complemento de la industria petrolera habría sido la del automóvil. Pero la crisis ha hecho estragos en el sector. Muchas multinacionales como General Motors se han retirado. La planta de Mitsubishi en Barcelona está cerrada desde hace cuatro años. Mientras, los cientos de talleres en Barcelona no pueden trabajar porque no hay repuestos. “El 90% de los repuestos se importan de Colombia y para obtenerlos tenemos que comprar dólares en el mercado negro. Pero el dólar paralelo está ya en a 5.000 bolívares frente a 800 hace tres años; no podemos comprar nada”, dice Wilmar Rondón, gerente de un taller en Barcelona. En un pueblo cerca de la frontera brasileña en las montañas de la Gran Sabana, un hombre indígena recortaba una lámina de cartulina para sustituir una pieza desgastada en el motor de un viejo Jeep. “Fui a Boa Vista (Brasil) para comprarla pero los precios están por las nubes”, se lamenta.

¿Quién es el culpable de esta depreciación vertiginosa del bolívar, origen de tantos problemas en este maltrecho país? Por supuesto, tiene mucho que ver con el colapso de los ingresos petroleros y la gestión inepta de un gobierno que se percibe ya como corrupto casi por todos. “Yo voté a Hugo Chávez pero se equivocó con las personas que puso a su lado, es gente más corrupta que los de antes”, dijo Rondón. “Esta es la peor crisis que hemos pasado”, añade.

Pero, se sabe también en Barcelona que el otro motivo de la caída constante de la divisa se encuentra al otro lado del Caribe. DolarToday, la página web creada hace diez años por un venezolano expatriado en el sur de EE.UU. y gestionada en Miami, fija el precio de cotización del bolívar cada día. Y cada día cae más. “No sé quién inventó la vaina pero es una estrategia para hundir la economía y perjudicar la población”, dice Rondón que, como muchos en Barcelona, teme lo peor. “Si no hay diálogo nos vamos a acabar matando en Venezuela por una bolsa de harina”.

http://www.lavanguardia.com/economia/20170806/43369026918/ocaso-negocio-venezuela.html

agosto 11, 2017 Posted by | Sin categoría | Deja un comentario

   

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