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Analisis de Geopolitica Global

En Honor a José Antnio Páez Auto Biografia Introducción

AUTOBIOGRAFIA

DEL

GENERAL JOSÉ ANTONIO PÁEZ

______

VOLUMEN I

__________

NUEVA YORK:

IMPRENTA DE HALLET Y BRENN, 58 Y 60 CALLE DE FULTON

1867.

Entered according to Act of Congress, in the year 1867, by

JOSÉ ANTONIOPÁEZ,

in the Clerk’s Office of the District Court of the United States, for the

Southern District of New York

A VENEZUELA,

CON EL CARIÑO EXTRAÑABLE

DEL MÁS AMANTE DE SUS HIJOS.

J. A. PÁEZ

INTRODUCCION

____________

Va siendo costumbre y es deber de todo hombre que ha figurado en la escena política de su patria, el escribir la relación de los sucesos que ha presenciado y de los hechos en que ha tenido parte, á fin de que la juiciosa posteridad pueda con copia de datos y abundancia de documentos desentrañar la verdad histórica que oscurecen las relaciones apasionadas y poco concordes entre sí de los escritores contemporáneos. He aquí por qué después de los afanes de una vida agitadísima, acometo hoy la empresa de abrir el archivo de mis recuerdos, de registrar los documentos que he logrado salvar de los estragos del tiempo y de las tempestades revolucionarias, y de ocuparme en fin en la penosa tarea de redactar lo que me dicta la memoria y me recuerdan dichos documentos.

La revolución hispano-americana, último episodio de la gran epopeya que comenzó en la América del Norte y tuvo su período más interesante en Francia, no ha sido todavía apreciada en todo su valer, ya como espléndido triunfo de las ideas de la civilización moderna, ya como amaestramiento para los pueblos que de súbito cambian el sayo del esclavo por la túnica del hombre libre. Las opiniones de los historiadores que han escrito sobre los sucesos de tan importante época no están de acuerdo en muchos puntos capitales, quizá porque no tuvieron á la vista documentos inéditos, que también á veces no se producen al público, ya por interés que en ello tiene el escritor apasionado ó ya por consideraciones con que tropieza todo el que se ocupa de hechos contemporáneos.

El patriotismo de algunos hombres ilustrados reunió en veinte y dos volúmenes los documentos oficiales de Colombia que existían en los archivos públicos y privados, y aliase hallan los datos más fehacientes de los sucesos de aquel tiempo.

Don Feliciano Montenegro, venezolano de bastante instrucción, dio también á su patria un libro dedicado á la juventud, libro que en pocas páginas recorre todos los principales sucesos de la historia de la independencia, y de gran precio, pues el autor presenció los hechos que refiere, y como estuvo en las filas de los realistas con alta graduación militar, da valiosas informaciones que hoy solo pudieran hallarse en los impenetrables archivos españoles.

Después de él, el Sr. Restrepo, secretario de Relaciones Extranjeras de Colombia, publicó su obra, de la que hizo más adelante una nueva edición arreglada y aumentada.

El Sr. Baralt vistió con las brillantes galas de un estilo castizo y puro las relaciones de loa que le precedieron en la empresa.

En la parte en que se refieren á los sucesos de mi vida, he advertido en los dos últimos graves errores, sobre todo en Restrepo, quien dejándose arrastrar en más de un capítulo por el espíritu de provincialismo, se muestra sobradamente injusto y demasiado parcial en sus juicios y apreciaciones.

Si el deseo de dar á mi patria un documento más para su historia no fuera suficiente estímulo para hacerme emprender el trabajo que me he tomado de escribir mis Memorias, moveríame á ello la necesidad en que me han puesto mis adversarios políticos de contestar á algunos cargos que me hacen, con agravio de la verdad y desdoro tal vez de las glorias de la patria. Gracias sean dadas á la Providencia que me ha prolongado la vida suficientemente para haber oído lo que todos han hablado y poder hablar cuando todavía algunos no han callado. Es pues mi ánimo é intención decir todo lo que sé y tengo por cierto y averiguado; corregir algunos errores históricos en que han incurrido los escritores, y sin dejar de confesar las faltas que haya cometido por error de entendimiento y no de corazón, defenderme de los ataques que contra mí ha fulminado la mala fe ó el espíritu de partido, que pocas veces hace justicia al adversario.

Cuál sea la causa que me haya atraído esa animadversión de algunos escritores, lo comprenderá fácilmente quien conozca los odios que dividen nuestra sociedad política; y como los principios que en ella se disputan el predominio no son de todos conocidos, paréceme oportuno dar aquí una idea de ellos para instrucción de quien lo ignore.

Al declarar nuestra emancipación política del gobierno español, se presentó á las colonias el grandioso ejemplo de pueblos que con el nombre de Estados Unidos se habían confederado en obsequio de la común seguridad sin perder cada sección su soberanía y fueros particulares. El espectáculo de la prosperidad que gozaban estos países hizo creer á algunos hombres que eran aplicables á los nuestros los mismos principios que veían desenvolverse allí con el mejor éxito. Creyeron que los españoles con el sistema de reunir las diferentes colonias fundadas por diversos conquistadores, bajo la soberanía de virreyes ó capitanes generales, habían dejado un grave mal en el país, y que todo lo que fuera centralizar el poder, aún bajo la forma más democrática, era rezagos de la dominación española que debían destruirse como indignos de un pueblo que había alcanzado la libertad á costa de tantos sacrificios. Así, pues, se creyó por alguno que centralización y despotismo eran sinónimos, y que con dicho sistema de gobierno se humillaba la dignidad de los pueblos, y se les ponía de nuevo bajo el régimen monárquico. Semejantes doctrinas, tan bellas como seductoras, comenzaron á difundirse por todos los pueblos de la emancipada América, y cada ciudad que había sufrido algo con la guerra, ó que podía presentar algún título histórico, aspiró ser capital de un Estado soberano é independiente, así como cada individuo se creyó también en el deber de combatir las doctrinas opuestas con los mismos medios con que se alcanzó la independencia.

Hombres respetables que conocían el estado de la sociedad, si bien admiraban los generosos impulsos de la generación naciente, se oponían á adoptar en el gobierno de su patria principios que pudieron producir excelentes resultados en la América del Norte, pero que en un país donde había imperado mucho tiempo el despotismo y donde habían quedado todos los vicios do la dominación colonial, era imposible establecerlos si no se daba al pueblo una nueva educación. Óigase, pues, lo que escribe el Sr. Restrepo, que fue secretario de Estado de Colombia y primer historiador de la república:

“El autor de esta historia concurrió á formar el acta de federación y fue entusiasta por aquel sistema. Seducido por el rápido engrandecimiento de las repúblicas de los Estados Unidos y por la completa libertad que gozan sus moradores, tenía la mayor veneración por sus instituciones políticas. Entonces juzgaba con los primeros hombres de Nueva Granada que nuestras provincias se hallaban en el mismo estado que las del Norte América en 1776, cuando formaron su confederación. Empero las lecciones del tiempo y de los sucesos que ha presenciado, junto con sus reflexiones, le persuadieron bien pronto de lo contrario. Había y aun hay una gran diferencia entre los Estados Unidos, que se fundaron y crecieron á la sombra de instituciones republicanas, y provincias que siempre habían dependido de un gobierno monárquico y despótico; en estas eran absolutamente nuevas las formas democráticas, muchas de las cuales se oponían á costumbres, hábitos y preocupaciones envejecidas. En aquellos Estados, por lo general, solo hubo que variar la elección de los gobernadores que hacía antes el rey de Inglaterra.

“Las cartas constitucionales y las leyes de las antiguas provincias del Norte América sirvieron para las mismas después que se transformaron en repúblicas. En la Nueva Granada, por el contrario, fue preciso para establecer el sistema federativo, variar casi todo lo que existía. No es admirable, pues, la poca subsistencia de nuestros Estados nacientes; sus leyes no convenían á los pueblos, y contrariaban sus antiguos habitadores.” (Historia de Colombia, tomo I, página 147, nota 9.)

El mismo Libertador decía en su mensaje al congreso de Angostura:

“Cuándo más admiro la excelencia de la constitución federativa de Venezuela, tanto más veo la imposibilidad de aplicarla á nuestra situación, y según mi modo de pensar, es un milagro que su modelo en el Norte de América haya existido con tanta prosperidad y que no haya caído en la confusión á la primera apariencia de peligro 6 de dificultad. A pesar de esto, aquel pueblo es un ejemplo do virtud política y de rectitud moral: la libertad ha sido su cuna, ha crecido en la libertad y se mantiene en pura libertad. Añadiré que aquel pueblo es el único en la historia de la raza humana; y repito que es un prodigio, que un sistema tan débil y complicado como el federativo, haya podido existir bajo circunstancias tan difíciles y delicadas como las que han ocurrido. Sin embargo: cualquiera que sea el caso respecto al gobierno, debo decir del pueblo americano que la idea nunca entró en mi espíritu de asimilar la situación y la naturaleza de dos naciones tan distintas como la anglo ó hispano americanas. ¿No sería muy difícil aplicar á España el código político civil y religioso de Inglaterra? Pues aun más difícil sería adoptar en Venezuela las leyes del Norte de América. ¿No dice el espíritu de las leyes que las leyes deben ser conformes al pueblo que las hace, y que es por una gran casualidad, que las de una nación convengan á otra?—que las leyes deben tener relación al estado físico del país, á su clima, á la calidad de su suelo, á su situación, á su extensión y al método de vida de sus habitantes, refiriéndose al grado de libertad que puede soportar la constitución, á la religión del pueblo, á sus inclinaciones, á sus riquezas, á su número, á su comercio, á sus costumbres y á su moralidad?”

Además de los inconvenientes de adoptar principios exagerados en pueblos que empezaban á comprender las ventajas de la libertad, muchos patriotas sabiendo que España no desistía de sus pretensiones de reconquista, creyeron que solo podían ser respetados los nuevos países por medio de una fuerza central que en caso de peligro pudiese obrar sin estorbo alguno en el interior contra las agresiones exteriores. Nada de odioso ni despótico podía tener esta centralización del poder, puesto que el jefe del gobierno ejercía la autoridad que en él depositaba el pueblo por un limitado espacio de tiempo. Confieso que semejantes doctrinas no suenan tan bien como las que predican sus contrarios; pero en tratándose de intereses sagrados y vitales no hay que dejarse halagar por teorías que suenan gratas al oído, sino poner en práctica verdades que produzcan resultados positivos.

A los defensores de estos últimos principios he pertenecido. Por ellos he tenido que sufrir persecuciones, destierro, pérdida de bienes, miseria, y todo esto habría tenido en poco si no hubiese llegado el caso de qué mis contrarios me atribuyan, para satisfacer su encono, faltas que no he cometido y errores en que no he incurrido. No negaré que haya cometido algunos; pero ¿quién no ha sido engañado, si ha tenido por algún tiempo que habérselas con multitud de hombres sin que Dios le haya concedido la maravillosa gracia de conocer la verdad bajo la máscara con que se cubre la ambición y el deseo de medrar á costa ajena?

¡Cuántas veces me he ocupado de la suerte futura de América! Cuestiones de importancia se han de agitar todavía, y lo que actualmente está sucediendo era de proveerse, atendido el estado de debilidad á que ha conducido la anarquía que ha desolado nuestros países. Ella ha provocado esas injustas agresiones que hoy día enardecen odios que ya el tiempo empezaba á extinguir, y que como era de esperar, no han producido más resultados que convencer á la América española de que solo la unión y la fuerza material hacen fuertes y respetados á los pueblos que tienen intereses comunes.

No creo que España vuelva á conquistar ni un palmo del terreno que antes poseyó, mientras haya llanos, pampas y sábanas que conviden al hombre al goce de la libertad; pero que la América del Sur llegue á ser lo que parece estar llamada á ser, obra será de muchos años. Las discordias intestinas continuarán mientras estén vigentes las causas de la anarquía, y más tarde ó más temprano la cuestión de límites, el derecho de navegación por sus grandes ríos harán surgir nuevas dificultades. ¿Todas estas cuestiones llegarán á hacer que en la América del Sur se establezcan esas nacionalidades, celosas las unas de las otras, como acontece con los diversos Estados que constituyen la Europa?

Yo tengo fe en el porvenir, pero no veo otro medio para que el pueblo pueda entrar sin peligro alguno en las vías de las reformas que exija el progreso de las ideas modernas, sino la educación propagada liberalmente en todas las clases de la sociedad.

No dejaré de consignar en este prólogo un deseo que he acariciado por mucho tiempo, pero que parece irrealizable mientras España tenga colonias en América. Yo hubiera deseado ver siempre no solo la unión fraternal de los países suramericanos, sino de todos estos con su antigua metrópoli, y aun alimentaria tan halagüeñas esperanzas si los hechos que están actualmente verificándose no hubieran venido á destruirlas. Reconocida por España la independencia de sus antiguas colonias, estas y aquella, depuestos los odios que la guerra había encendido, debieron de existir unidas por los poderosos lazos del común origen. Así nos hubiéramos conocido más los unos y los otros y presentaríamos al mundo el grandioso espectáculo de más de cuarenta millones de hombres que reconociendo el mismo origen, hablando la misma lengua, y teniendo los mismos vicios y virtudes, se unían siempre para estimularse en toda idea civilizadora. La generación actual habría olvidado los agravios de sus padres, y los hermanos de uno y otro hemisferio hubieran mantenido siempre un comercio fraternal, cambiando generosamente sus producciones territoriales y compitiendo noblemente en sus triunfos literarios.

A mí me consta que algunos hombres liberales de uno y otro hemisferio estaban animados de estos mismos deseos, y fuerza es confesar que solo á los gobiernos que ha tenido la desgraciada España, se debe que hoy no exista esa fraternidad que debiera haber entre pueblos los cuales, si bien ocupan puntos opuestos en la superficie de la tierra, conservan aun las virtudes y vicios de sus padres y habitan países cuya naturaleza física es casi idéntica.

En cambio, la enemistad de España que no nos ha causado ni puede causarnos mal alguno, ha servido para mantener unidos á los americanos en un interés común.

Hay hombres que predican todavía la doctrina de razas en América, y que quieren levantar una cruzada de los pueblos que llaman latinos contra lo que dicen pretensiones
ambiciosas de la raza anglo-sajona. Esta doctrina, que no es mas que un plan de agresión europea contra los Estados Unidos, que representan en el mundo el poder de la democracia, solo podrá hallar adeptos entre quienes desconozcan el estado de la república de Washington y el de los países hispano americanos. Además, es hecho desmentido por la más leve observación que en toda América existan intereses de raza alguna. En este continente se está verificando continuamente la fusión de todas ellas, que es resultado del progreso moderno y del principio de la fraternidad universal.

Terminaré esta introducción recomendando á mis compatriotas encarecidamente que tengan valor y armas solo para una guerra extranjera y que trabajen con fe y devoción por el porvenir de nuestra patria, que solo necesita paz, y más que nada orden, para el desarrollo de todos los variados elementos de prosperidad, á los cuales no se ha atendido por las disensiones y anarquía que han asolado siempre países tan favorecidos por la mano del Hacedor Supremo.

JOSÉ ANTONIO PÁEZ

Nueva York, Abril 19 de 1867.

julio 4, 2015 - Posted by | Sin categoría

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