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Analisis de Geopolitica Global

Los intelectuales y el sionismo

 

Los Intelectuales y el sionismo

URL de este documento: http://coranto.org/docs/glucksmann.html
El 22 de julio, el intelectual francés judío André Glucksmann nos obsequió con una de sus habituales diatribas contra los antisionistas (de izquierdas), a quienes considera, por supuesto, antisemitas. Glucksmann es uno de los varios intelectuales franceses judíos que practica este pedestre hábito que tiene algunos seguidores en otros países europeos.

Glucksmann dice que se está extendiendo un "antisemitismo de izquierdas" en los medios intelectuales occidentales, "disfrazado de antisionismo", que ha encontrado en el pueblo palestino al "sustituto del proletariado" y que cuestiona el derecho a la existencia del estado de Israel.

Como caricatura está bien, pero como análisis es una auténtica basura. Dice mucho más de los fantasmas personales del autor que de los perfiles del antisionismo "de izquierdas".

Como supongo que yo no seré una rara avis y que, de alguna forma, otros antisionistas compartirán algunas de mis ideas, voy a explicar por qué soy antisionista.

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En primer lugar, soy antisionista porque me repugnan los nacionalismos étnicos y excluyentes, es decir, el racismo. Algunos intelectuales prosionistas –y ahora pienso en algunos españoles notorios– son auténticos maestros de la magia. Con el mismo fervor que atacan al nacionalismo vasco –sin distinciones entre el nacionalismo radical y el democrático– por considerarlo, en su opinión, étnico y excluyente, defienden el estado de Israel –el estado de Israel "realmente existente", ya que no existe otro– y el proyecto sionista. Hay que echarle narices.

Aunque hubo sionistas que, en los albores de este movimiento, no pensaron en términos de un estado judío étnico y excluyente, sus bellas ideas quedaron como mera curiosidad de hemeroteca. La historia del sionismo tomó otro rumbo. Y este fue el de crear un "estado judío" en Palestina, región de Oriente Medio poblada casi en su totalidad por árabes. Incluso una persona con un coeficiente intelectual mucho menor que el de Glucksmann puede sospechar que crear un "estado judío" en un territorio poblado por otra etnia –la árabe, en nuestro caso– es una empresa con un elevado índice de riesgo racista.

Hay que subrayar esta cuestión porque es el origen del conflicto posterior. El movimiento sionista promovió sucesivas oleadas de inmigración judía a Palestina. Al margen de las motivaciones de los individuos particulares, el objetivo del sionismo era crear un "estado judío" en Palestina, sobre cuya tierra postulaba la existencia de "derechos históricos" del pueblo judío basados en la Biblia. Se contraponían, pues, unos supuestos –e inexistentes– "derechos históricos" colectivos a los derechos implícitos de sus habitantes, los árabes. Ni siquiera le importaba al sionismo que los judíos hubieran estado "ausentes" de Palestina durante casi dos milenios; la narrativa sionista considerará que los árabes habían robado a los judíos su hogar. No creo necesario insistir más en lo descabellado de semejante idea, que solo puede atraer a los fanáticos. Lo importante es que el proyecto sionista en Palestina se elaboró y se llevó a la práctica como una confrontación con los habitantes indígenas de Palestina, vistos abiertamente como unos usurpadores de la Tierra Prometida. Hay multitud de declaraciones de dirigentes sionistas que lo corroboran; me limitaré a esta frase lapidaria y sin ambigüedades del presidente del Fondo Nacional Judío en 1940, Yosef Weitz: "Entre nosotros debe estar completamente claro que no hay sitio para dos pueblos en este país". Toda la práctica del estado de Israel ha sido consistente con esta idea.

Los sionistas podrían haber buscado algún tipo de entente con los árabes de Palestina. Eso podría haber cambiado el rumbo de la historia. Pero no lo hicieron. ¿Qué pensaría un español si los árabes, invocando unos "derechos históricos" colectivos basados en su estancia en la Península Ibérica, colonizaran Andalucía y Castilla y buscaran crear un estado "árabe"? Pues algo parecido pensaron los palestinos. Los judíos llegaban a su tierra para colonizarla y crear un estado "judío". Los nativos solo podían tener una reacción: oposición.

Más aún cuando los sionistas buscaron, y lograron, el apoyo de la potencia imperialista del momento, Inglaterra. Todo el largo proceso de colonización judía de Palestina se llevó a cabo bajo la protección de Inglaterra y de acuerdo con los planes británicos de establecer su hegemonía en la región, repartiéndose esta con Francia. Toda la ideología sionista está empapada de racismo: los judíos serían el baluarte occidental en Oriente, representarían la avanzadilla de la civilización contra la barbarie, los árabes eran considerados como seres inferiores, o bien Palestina fue retratada como una tierra vacía, "una tierra sin pueblo para un pueblo [el judío] sin tierra". Todo el planteamiento sionista fue abiertamente agresivo, colonialista y racista. Como dijo Theodor Herzl, el fundador del sionismo, "para Europa, formaremos en Palestina una parte del muro contra Asia; seremos los guardianes de la civilización frente a la barbarie".
Y, mientras tanto, las promesas realizadas por los británicos a los árabes, a cambio de su ayuda en la lucha contra el Imperio Otomano, fueron incumplidas, lo que condujo a los árabes a la conclusión, plenamente correcta, de que habían sido engañados. La promesa de creación de un estado árabe fue una treta mal disimulada.

Los sionistas y sus simpatizantes suelen argumentar que los árabes podían haber aceptado el plan de partición de la ONU de 1947, resolución 181. Lo rechazaron y pagaron las consecuencias. Amén de que esta forma de pensar más parece la de un tahúr que la de un demócrata que busca un orden internacional justo, es difícil imaginar que los árabes pudieran haber adoptado otra actitud. El plan de partición de la ONU era un plan injusto e incomprensible para los árabes. ¿Por qué un organismo del que no formaban parte decidía, sin su concurso, dividir su tierra? ¿Y por qué la dividía ofreciendo la mayor parte de la Palestina histórica a los judíos (56 por ciento del territorio), a pesar de que estos eran una clara minoría (678.000 judíos y 1.269.000 árabes)? Además, el "estado árabe" se componía de tres zonas discontinuas: la franja de Gaza, Cisjordania y la mitad de Galilea. La actitud árabe de rechazo del plan de partición debería haber llevado a renovados intentos de buscar una solución más justa, pero no fue así. Inglaterra quería salir de Palestina y los sionistas se habían fortalecido lo suficiente como para desoír las legítimas demandas árabes. Los sionistas se lanzaron a organizar y proclamar su estado y los árabes resistieron con las armas la imposición colonial.

Los sionistas no se limitaron a establecer su estado en el territorio que el plan de partición de la ONU les había asignado, sino que lo ampliaron unilateralmente. Los 14.500 kilómetros cuadrados del plan de partición se convirtieron, por la fuerza de las armas, en 20.850, dejando únicamente 5.400 kilómetros cuadrados para los palestinos. Expulsaron u obligaron a huir de sus pueblos y casas a cerca de 800.000 palestinos, destruyeron centenares de pueblos y cometieron masacres que todavía hoy se están rescatando de la mentira histórica. En estos momentos, hay más de 80 masacres documentadas y documentos que atestiguan el desalojo y la destrucción de 531 pueblos palestinos [1]. Hay, además, un aspecto del plan de partición de la ONU que se omite pudorosamente siempre que se habla de él. El "estado judío" propuesto habría de albergar a unos 400.000 palestinos, lo que suponía el 45 por ciento de la población de este estado. Por último, ¿dónde está el "estado árabe" de la resolución 181? ¿Por qué no se ha cumplido esa parte de la resolución? ¿Quién se ha opuesto a la creación de ese "estado árabe"?

Los sionistas aceptaron el plan de partición tácticamente, porque les servía para sus objetivos expansionistas y excluyentes, pero se han opuesto por todos los medios, diplomáticos, militares y terroristas, a la creación del estado árabe propuesto en dicho plan de partición. Los hechos muestran que no solo los árabes rechazaron aquel plan de la ONU; los sionistas también lo rechazaron. Aunque nunca lo expresaran abiertamente, ni se limitaron al territorio establecido en el plan, ni aceptaron a la población árabe del estado judío propuesto, ni permitieron que se creara el estado árabe. Como el mismo Ben Gurion reconoció, el sionismo aceptó las propuestas de la ONU "como un paso decisivo en el camino hacia una mayor implantación sionista". En palabras de S. Teveth, "[E]l proyecto sionista de transformar Palestina en un Estado judío no se podía completar de golpe. El planteamiento gradualista, dictado por circunstancias tan desfavorables, exigía que sus objetivos se formularan de forma que parecieran ser concesiones".

En resumen, el estado de Israel se fundó sobre la limpieza étnica, sobre la expulsión o huida forzosa de cerca de 800.000 palestinos y el desalojo y destrucción de sus pueblos. Esto no fue un accidente histórico, un subproducto no intencionado de la guerra ni el producto de una intransigencia árabe, sino de un nacionalismo étnico, excluyente y racista que buscaba crear en Palestina un estado étnico judío con el menor número posible de árabes.

En segundo lugar, soy antisionista porque quiero que los derechos humanos sean para todos. Y no existe en el mundo un estado que tengo un currículum tan atroz en violaciones de los derechos humanos que Israel. Su política de ocupación de los territorios palestinos está caracterizada por el terrorismo de estado en todas sus formas: "asesinatos selectivos", asesinatos no selectivos, arrestos en masa, acciones militares contra la población civil, destrucciones de viviendas, tierras de cultivo, infraestructuras, cercos y asedios de poblaciones enteras, restricciones excesivas de la libertad de movimientos de personas, bienes y servicios, confiscaciones y robos de tierras y recursos hídricos, ataques contra ambulancias y servicios médicos, negación de ayuda a los heridos, tratos humillantes en controles militares y en registros de casas, castigos colectivos de toda laya, discriminaciones por razón de etnia, colonización ilegal masiva de los territorios ocupados, torturas y abusos contra presos y detenidos, etcétera, etcétera.

Israel es un estado que vive al margen de la legalidad internacional, incumpliendo una tras otra todas las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, así como las Convenciones de Ginebra y otros tratados sobre derechos humanos, en particular el derecho humanitario internacional. Ha desoído sistemáticamente las resoluciones de la Asamblea General de la ONU y, ahora, del Tribunal Internacional de Justicia. Niega a los refugiados palestinos el derecho internacionalmente reconocido a retornar a sus hogares. Lleva a cabo ocasionalmente operaciones de agresión contra estados vecinos, como Siria y Líbano, amenazando la paz mundial de forma irresponsable.

Y todo esto lo hace en la más completa impunidad. No solo la llamada "comunidad internacional" se limita a realizar condenas verbales que nunca se traducen en hechos, sino que, además, los gobiernos israelíes muestran abiertamente su desprecio hacia estas condenas y hacia cualquier decisión de la comunidad internacional que vaya en contra de sus políticas, como ha sido el caso de la reciente sentencia del Tribunal Internacional de Justicia sobre el muro de anexión de Cisjordania.

La arrogancia de Israel no ha conocido límites. Sus desplantes hacia la diplomacia europea son sin cuento. Por no hablar de asesinatos como el del Conde Bernadotte y André Serot en septiembre de 1948, cuyos responsables no solo quedaron sin castigo, sino que llegaron a primer ministro –Isaac Shamir– y parlamentarios. O el secuestro ilegal de Mordejai Vanunu en Italia, ordenado por el entonces primer ministro Shimon Peres. O la última provocación de Sharon llamando a los judíos franceses a emigrar a Israel. O el ataque deliberado contra el navío estadounidense USS Liberty en la guerra de 1967, que causó la muerte de 34 militares norteamericanos y otros 127 resultaron heridos, agresión que ha quedado igualmente impune por parte del patrón mundial. Solo son unos pocos ejemplos, que deberían complementarse con la impunidad absoluta con la que los soldados, policías y autoridades israelíes reprimen y abusan de los palestinos en Israel y en los territorios ocupados.

Los sionistas y sus defensores, como Glucksmann, tienden a identificar con excesiva facilidad antisionismo y antisemitismo. Glucksmann despacha rápidamente esta cuestión hablando de un supuesto "disfraz" (antisionismo) de un supuesto racismo (antisemitismo). Si Glucksmann hubiera denunciado el racismo institucional del estado de Israel, podría reconocerle autoridad moral para denunciar el antisemitismo y para instruirnos sobre pérfidos disfraces. Pero no tiene esa autoridad moral.

Su tesis del "disfraz" se nos presenta como una cuestión de fe: le creemos o no lo creemos, puesto que no aporta ni una sola prueba.

Existe antisemitismo, como también existe "antiarabismo". En Europa no solo los judíos sufren agresiones. También los árabes. No vale un antirracismo particular; el antirracismo debe ser universal o no es antirracismo. O nos oponemos a todos los racismos y todas las expresiones de odio racial o no tendremos autoridad moral para condenar a unos y olvidarnos de otros. La denuncia de Glucksmann tiene todos los visos de apología del sionismo y eso la convierte en sospechosa de particularismo inconsecuente.

Por mi parte, como antionista, soy un gran admirador de todos los judíos que se baten el cobre en Israel y en el resto del mundo denunciando los crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad del estado de Israel. Aunque lamentablemente son minoría, son muchos y brillan con luz propia por su integridad moral. Personalmente, estoy mucho más cerca de esos judíos valerosos y moralmente admirables que de los palestinos que ponen bombas, por mucho que pueda comprender su desesperación. Son judíos como Norman Finkelstein, Ilan Pappé, Baruch Kimmerling, Daniel Barenboim, Mordejai Vanunu y tantos otros. Y son los pacifistas judíos consecuentes de B’Tselem, Physicians for Human Rights – Israel, Gush Shalom, Jewish Voice for Peace, Jews for Justice for Palestinians, Taayush, etc. Toda mi admiración para ellos, porque forman parte de lo más hermoso de la humanidad y nos permiten a los demás mantener la esperanza.
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Por mucho respeto que me merezcan quienes son calificados por Glucksmann como "altermundialistas", "paleomarxistas", "ecologistas" y "revolucionarios", entre los antisionistas hay gentes que, como yo, no se identifican con ninguna de esas etiquetas. Somos demócratas, liberales o postliberales, republicanos… No buscamos "sujetos" de la historia, de la revolución o de la emancipación de la humanidad, ni entre los palestinos, los islamistas o los zapatistas, sino reformar nuestras sociedades para que la libertad, la igualdad, la justicia social y los derechos humanos se concreten en nuevas áreas de la sociedad y de los estados. No pretendemos un "mundo alternativo", sino un mundo mejor que el de ayer. No buscamos "vencer" y "derrotar" al "enemigo", sino con-vencer (vencer juntos) creando marcos de convivencia y cooperación en sociedades plurales. No queremos echar a los judíos de ningún lugar, ni siquiera del estado de Israel, pero sí defendemos un estado de Israel/Palestina democrático, federal, binacional, de todos los ciudadanos, con iguales derechos, sean judíos o árabes. Y puesto que un tal estado es radicalmente incompatible con el sionismo, antiliberal, nacionalista y excluyente, queremos que se lleve a cabo una profunda reforma política y social democrática en Israel/Palestina para que árabes y judíos puedan vivir juntos en paz y con igualdad de derechos. Y sabemos que, en esa lucha, no solo nos encontramos con los formidables obstáculos interpuestos por el sionismo, sino también por el fundamentalismo islámico. No queremos la destrucción del estado de Israel, ni la expulsión de los judíos de la Palestina histórica. Y tampoco queremos la destrucción en marcha de la sociedad y el pueblo palestinos, sometidos a un lento proceso de genocidio.

Soy de la opinión de que buena parte de la sociedad palestina está corrompida. Como supongo que esta afirmación escandalizará a muchos, les recomiendo la lectura de Generación Intifada. La vida cotidiana del pueblo palestino, de Laetitia Bucaille (Ediciones B, Barcelona, 2004). La brutal y prolongada ocupación israelí, que sofoca todos los aspectos de la vida cotidiana de los palestinos, ha empujado a los palestinos a tal extremo de asfixia –económica, social, familiar, laboral, sanitaria, cultural– que la búsqueda de medios de supervivencia se ha convertido en una tarea perentoria. Cuando más de la mitad de la población vive por debajo del umbral de la pobreza, cuando trabajar regularmente se convierte en un milagro, cuando tu vivienda es demolida, cuando tus tierras son arrasadas o confiscadas, tus árboles frutales arrancados, cuando la más elemental actividad económica es interrumpida aquí y allá una y otra vez, cuando los controles impiden ir a la escuela o al médico, cuando salir y entrar a tu pueblo es toda una odisea… es imposible que emerja un modo de vida moral. Cuando toda la vida cotidiana está presidida por el poder y la fuerza brutas del ocupante, por la arbitrariedad, las humillaciones, la violencia, el terror, el miedo, la angustia… el ser humano es hundido en la lucha por la supervivencia. Si a esto se le une la corrupción política de las esferas de la Autoridad Palestina –que es el mayor empleador palestino– y la creciente influencia del fundamentalismo islámico –con su cohorte de represiones morales–, sería un milagro que la sociedad palestina no estuviera corrompida.

Pero no está más –tal vez tampoco menos– corrompida que la sociedad israelí. Con el agravante de que esta no sufre la presencia cotidiana del terror, la destrucción, la fuerza bruta y la arbitrariedad, por más que los propagandistas israelíes nos hagan creer lo contrario. No pretendo subestimar los efectos extremadamente negativos que tiene el terrorismo palestino en la sociedad israelí, pero este no tiene punto de comparación con el omnipresente y multidimensional terrorismo de estado israelí en la sociedad palestina. La principal fuente de corrupción de los israelíes es el fundamentalismo sionista, nacionalista, expansionista, excluyente y racista, por no hablar de la creciente influencia de los fundamentalistas religiosos ortodoxos. Según todas las encuestas, la aplastante mayoría de los israelíes apoyan los "asesinatos selectivos", las demoliciones de viviendas, las incursiones militares…, apoyan la "mano dura" con los árabes, a quienes se consideran poco menos que asesinos congénitos, ya que así se lo han explicado Ben Gurion, Moshe Dayan y tantos otros líderes sionistas. La gran mayoría de la sociedad israelí está sumida en una grave y profunda catástrofe moral, caracterizada por la justificación de las mayores atrocidades.

El discurso de Glucksmann y de otros intelectuales judíos franceses también es una catástrofe moral, incapaz de alumbrar una vía justa para solucionar el conflicto palestino-israelí y desastrosa para combatir el racismo, tanto el antisemita como el sionista o el antiárabe. Ese discurso, que denuncia la búsqueda de "sujetos revolucionarios", es un discurso particularista reaccionario, dedicado a defender los "derechos históricos" de otro tipo de sujeto, el "pueblo elegido de la Biblia", a los cuales se subordina el futuro de paz para dos pueblos que viven juntos y cuyos ciudadanos deben tener iguales derechos e iguales oportunidades para ser libres.

Notas:
[1]Salman Husein Abu Sitta, El desalojo sionista de Palestina de 1948. Relación de pueblos y ciudades palestinos desalojados.

Mario Lopez Ibañez
MarioLopezI@gmail.com
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abril 7, 2009 - Posted by | Noticias y política

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